MEDITAR COMO UNA AMAPOLA

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Así aprendió el joven a florecer...

La meditación es primero un sentarse y es esto lo que le había enseñado la montaña.

La meditación, es también "una orientación" y esto se lo iba a enseñar ahora la amapola: volverse hacia el sol, volverse desde lo más profundo de sí mismo hacia la luz.

Esta orientación hacia lo bello, hacia la luz le hacía algunas veces enrojecer como una amapola. Como si esta luz fuese esa de una mirada que le sonreía y esperara de él algún perfume...

También aprendió cerca de la amapola, que para permanecer en su orientación, la flor debe tener "el tallo derecho" y comenzó a enderezar su columna vertebral.

Esto le suponía algunas dificultades, porque había leído en algunos textos de la filocalia que el monje debía de estar ligeramente curvado. Incluso a veces con dolor. La mirada vuelta hacia el corazón y las entrañas.

 

Pidió explicación al padre Serafín. Los ojos del staretz le miraron con malicia: "Eso, era para los fortachones de antaño. Estaban llenos de energía y era necesario recordarles de vez en cuando la humildad de su condición humana, que se curvaran un poco durante el tiempo de la meditación, no les hacía daño...

Pero tú, tu tienes más bien necesidad de energía, por eso, en el momento de la meditación enderézate, sé vigilante, mantente derecho hacia la luz, pero sin orgullo...

Si observas bien una amapola, ella te enseñará no solamente la firmeza de su tallo, sino también una cierta flexibilidad bajo las inspiraciones del viento y una gran humildad..." En efecto, la enseñanza de la amapola estaba también en su fugacidad, su fragilidad. Era necesario aprender a florecer, pero también a marchitarse. La montaña le había dado el sentido de la Eternidad, la amapola le enseñaba la fragilidad del tiempo: meditar es conocer lo Eterno en la fugacidad del instante, un instante recto, bien orientado. Es florecer en el tiempo que nos es dado para florecer, amar en el tiempo que nos es dado para amar, gratuitamente, sin por qué... Aprendía así a meditar "sin intención ni provecho", por el único placer de ser, y de amar la luz. "El amor encuentra en sí mismo su recompensa" dice San Bernardo. "La rosa florece porque florece, sin preguntas" dice Silesius. "Es la montaña la que está floreciendo en la amapola, pensaba el joven. Es todo el universo el que medita en mí. Podría enrojecer de alegría el instante que dura mi vida... "