ORACIÓN HESYCHASTE

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MEDITAR COMO JESÚS

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El padre Serafín se mostraba cada vez más discreto. Sentía los progresos que hacía el joven en su meditación y su oración. Varias veces le había sorprendido con el rostro bañado en lágrimas, meditando como Abraham e intercediendo por los hombres. "Dios mío, misericordia... ¿a qué vamos a llegar los pecadores?" Es el mismo joven que un día vino hacia él y le preguntó: "Padre, ¿por qué no me habla nunca de Jesús?¿Cómo era su oración? ¿Su forma de meditar? En la liturgia, en los sermones no se habla más que de El. En la oración del corazón, tal como se habla en la filocalia, es su nombre el que es necesario invocar. ¿Por qué no me dice nada de EL?".

 

 

El padre Serafín manifestó un aire turbado. Como si el joven le estuviera pidiendo algo de indecente, como si fuera necesario revelar su propio secreto. Cuanto mayor es la revelación que se ha recibido, mayor debe de ser la humildad para transmitirla. Sin duda no se sentía suficientemente humilde: "Eso, es solamente el Espíritu Santo quien puede enseñártelo. Nadie sabe quien es el Hijo, si no es el Padre, o quien es el Padre, si no es el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar (Luc. 10, 22). Es necesario que llegues a ser hijo para rezar como el Hijo y mantener con Aquel al que El llama su Padre y nuestro Padre las mismas relaciones de intimidad que Él; eso es obra del Espíritu Santo, el te recordará todo lo que Jesús ha dicho. El Evangelio estará vivo en ti y te enseñará a rezar como se debe."

El joven insistió. "Dígame todavía alguna cosa "... El anciano le sonrió. "Ahora, dijo, haría mejor en bostezar. Pero todavía tú tomarías eso por un signo de santidad. Es mejor decirte las cosas sencillamente".

"Meditar como Jesús, recapitula todas las formas de meditación que te he transmitido hasta ahora. Jesús es el hombre cósmico. El sabía meditar como la montaña, como la amapola, como el océano, como la paloma. También sabía meditar como Abraham. El corazón sin límites, amando hasta a sus enemigos, sus verdugos: "Padre perdónales, no saben lo que hacen". Practicando la hospitalidad con enfermos, pecadores, paralíticos, prostitutas,... En la noche se retiraba para orar en lo secreto y allí, murmuraba como un niño "ABBA" que quiere decir "papá"... Tal vez te pueda parecer simplista llamar "papá" ¡al Dios trascendente, infinito, innombrable...! Es casi ridículo y sin embargo esa es la oración de Jesús, en ésta simple palabra está todo dicho. El cielo y la tierra llegan a ser terriblemente cercanas. Dios y el hombre no hacen mas que uno... quizás es necesario haber sido llamado "papá " en la noche para comprender... Pero hoy esas relaciones íntimas de un padre y de una madre con su hijo puede ser que no siempre digan gran cosa...

Por eso prefiero no decir nada, no emplear la imagen y esperar que el Espíritu Santo ponga en ti los conocimientos y sentimientos que estaban en Cristo Jesús y que éste "ABBA" no salga del borde de tus labios sino del fondo de tu corazón. Ese día comenzarás a comprender lo que es la oración y la meditación "hesychaste = la paz del corazón".

 

 AHORA, ¡VE!

 

Nuestro joven se quedó todavía algunos meses en el Monte Athos. La oración de Jesús le conducía entre abismos, a veces, al borde de una cierta "locura": "No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí", podría decir con San Pablo. Delirio de humildad, de intercesión, de deseo "que todos los hombres sean salvados y lleguen al pleno conocimiento de la verdad". Llegaba a ser Amor, llegaba a ser fuego. La zarza ardiendo no era para él una metáfora sino una realidad...

Esta vez el padre Serafín se puso a bostezar. ¡Basta! Ahora. ¡vete! y le pidió dejar Athos, volver a su casa y allí él descubriría lo que queda de sus bellas meditaciones "hesychastes". El joven partió. Volvió a su país. Ahora es juzgado más bien por su delgadez y no se encuentra nada de muy espiritual en su barba, más bien, sucia y su aire descuidado... ¡Pero la vida de la ciudad no le hizo olvidar la enseñanza de su staretz! Cuando se sentía demasiado agitado, no teniendo nunca el tiempo, iba a sentarse como una montaña a la terraza de un café. Cuando sentía en él, el orgullo, la vanidad, se acordaba de la amapola, "toda flor se marchita", y de nuevo su corazón se volvía hacia la luz que no cesa. Cuando la tristeza, la cólera, el disgusto invadían su alma, respiraba profundamente, como un océano, retomaba su aliento en el soplo de Dios, invocaba su Nombre y murmuraba: "Kyrie eleison...". Cuando veía el sufrimiento de los hombres, su maldad y su impotencia por cambiarlo, recordaba la meditación de Abraham. Cuando se le calumniaba, cuando decían sobre él toda clase de infamias, estaba feliz de poder meditar así con Cristo... Exteriormente, era un hombre como los otros. No buscaba tener "el aire de un santo"...

Había olvidado incluso que practicaba el método "hesychaste", simplemente trataba de amar a Dios  instante por instante y caminar siempre en su Presencia...

MEDITAR COMO ABRAHAM

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Meditar es en primer lugar entrar en la meditación y la alabanza del universo pues, según los padres de la Iglesia, "todas las cosas saben rezar entes que nosotros".

El hombre es el lugar donde la oración del mundo toma consciencia de ella misma. El hombre está ahí para nombrar lo que balbucean todas las criaturas Con la meditación de Abraham, entramos en una nueva y más alta consciencia que se llama la fe; es decir, la adhesión de la inteligencia y del corazón a ese "Tú" que Es, a ese "Tú" que se transparenta en el diálogo con todos los seres. Estas son la experiencia y la meditación de Abraham: detrás del temblor de las estrellas hay más que las estrellas, una presencia difícil de nombrar, nadie puede pronunciarla y sin embargo tiene todos los nombres...

Es algo que desborda el universo y no puede concebirse fuera de él. La diferencia que hay entre Dios y la Naturaleza es la diferencia que hay entre el azul del cielo y el azul de una mirada... Abraham al margen de todos los azules estaba en búsqueda de esta mirada...

 

 

Después de haber aprendido a sentarse, enraizarse, la orientación positiva hacia la luz, la respiración apacible del océano, el canto interior, el joven estaba invitado a despertar su corazón. "De repente se descubre como alguien". Lo propio del corazón es, en efecto, personalizar todo, y en este caso, personalizar el Absoluto; la Fuente de todo lo que vive y respira, nombrarla, llamarla "Mi Dios, Mi Creador", y caminar en su Presencia.

Meditar para Abraham es mantener bajo las apariencias más variadas el contacto con esta Presencia. Esta forma de meditación entra en los detalles concretos de la vida cotidiana. El episodio del roble de Mambré nos muestra a Abraham " sentado a la entrada de la tienda, en lo más caluroso del día", y allí, va a acoger a tres extranjeros que se van a revelar como enviados de Dios. Meditar como Abraham, decía el padre Serafín, "es practicar la hospitalidad, el vaso de agua que das a aquel que tiene sed, no te aleja del silencio, te acerca a la fuente". "Meditar como Abraham, lo comprendes, no despierta solamente en ti la paz y la luz, sino también el Amor por todos los hombres". Y el padre Serafín leyó a nuestro joven el famoso pasaje del libro del Génesis donde se nos narra la intercesión de Abraham. Abraham estaba ante "Yahvé - que es - que era - que será." Se acercó y le dijo: “¿Vas a suprimir al justo con el pecador? Puede ser que existan cincuenta justos en la ciudad, ¿vas a suprimirlos y no perdonarás la ciudad por los cincuenta justos que hay en ella?...”

Abraham poco a poco reduce el número de los justos para que no sea destruida Sodoma.

"Que mi Señor no se enfade si le hablo una última vez. Puede ser que se encuentren diez..." (Gén. 18, 16). Meditar como Abraham es interceder por la vida de los hombres, no ignorar nada de su podredumbre y por lo tanto "no desesperar jamás de la misericordia de Dios". Este tipo de meditación libera el corazón de todo juicio y de toda condena, en todo tiempo y lugar; cualesquiera que sean los horrores que podemos contemplar llama al perdón y la bendición.

Meditar como Abraham, conduce más lejos. Al padre Serafín le costaba pronunciar esta palabra, como si hubiera querido ahorrarle al joven esta experiencia por la que él mismo había pasado y cuyo recuerdo le estremecía: "Esto puede llegar hasta el Sacrificio..." y le citó el pasaje del Génesis donde Abraham se nos muestra preparado para sacrificar a su propio hijo Isaac. “Todo es de Dios”, continuó murmurando el padre Serafín. Todo es de El, por El y para El"; meditar como Abraham te conduce a una total desposesión de ti mismo y de eso que tú tienes de más querido... busca eso a lo que tienes pegado tu corazón, eso con lo que te identificas más... para Abraham era su hijo único; si eres capaz de ese don, de ese abandono total, de esta infinita confianza en quien transciende toda razón y buen sentido, todo te será devuelto al ciento por uno: "Dios proveerá". Meditar como Abraham es no tener en el corazón y la conciencia "nada que no sea El". Cuando sube a la cima de la montaña, Abraham no pensaba más que en su hijo. Cuando desciende no pensaba más que en Dios.

Atravesar la cumbre del sacrificio, es descubrir que nada me pertenece.

Todo pertenece a Dios. Es la muerte del yo y el descubrimiento del "Su".

Meditar como Abraham es adherirse por la fe a Aquel que está más allá del universo, es practicar la hospitalidad, interceder por la salvación de todos los hombres. Es olvidarse de sí mismo y romper las ataduras más legítimas para descubrirse; uno mismo, nuestro prójimo y todo el universo, habitado por la infinita presencia del " Único que Es".

 

 

MEDITAR COMO UN PÁJARO

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"Estar bien sentado, estar orientado correctamente en la luz, respirar como un océano, eso no es todavía la meditación hesychaste, le dice el padre Serafín, ahora debes aprender a meditar como un pájaro", y le dirigió a una pequeña celda cercana a su ermita donde vivían dos tórtolas. El arrullo de estos dos pequeños animales le pareció al principio encantador pero no tardó en enervar al joven filósofo. Elegían siempre el momento en el que comenzaba a adormecerse para arrullarse con "las palabras" más tiernas.

 

Preguntó al viejo monje qué significaba todo eso y si esta comedia iba a durar mucho más. La montaña, el océano, la amapola podían pasar, - preguntándome qué hay de cristiano en todo eso-, pero ahora proponerle este ave lánguida como maestra de meditación, ¡era ya demasiado!

 

El padre Serafín le explicó cómo el origen de la meditación está expresado por términos de raíz "haga", - en griego: mélété - meletan; y en latín: meditari - meditatio. La raíz en su sentido primitivo significa "murmurar a media voz". Siendo también empleada para designar gritos de animales, por ejemplo el rugido del león (Isaías 38, 14), o el gruñido del oso.

 

"En el Monte Athos no hay osos. Por eso te he conducido cerca de las tórtolas, pero el mensaje es el mismo. Es necesario meditar con tu garganta, no sólo para acoger el aliento, sino también para murmurar el nombre de Dios día y noche...

 

Cuando eres feliz, casi sin darte cuenta canturreas, murmuras palabras sin sentido, y este murmullo hace vibrar todo tu cuerpo de una alegría simple y serena.

 

Meditar es murmurar como la tórtola, dejar subir este canto que viene del corazón, como has aprendido a dejar aparecer en ti el perfume que viene de la flor..., meditar, es respirar cantando.

 

"Sin retardar demasiado su significado, te propongo por el momento repetir, murmurar, canturrear eso que está en el corazón de todos los monjes de Athos. "Kyrie eleison, kyrie eleison ..." Esto no le agradaba demasiado al joven filósofo. En ciertas celebraciones había oído ya eso, se traducía por "Señor, ten piedad".

 

El monje Serafín se sonrió: "Sí, es uno de los significados de esta invocación, pero ¡hay otros muchos! También quiere decir: "¡Señor, envía tu Espíritu...!” Que tu ternura aparezca sobre mí y sobre todos, que tu Nombre sea bendito", etc..., pero no busques agarrarte al significado de esta invocación, ella misma se revelará a ti. Por el momento permanece sensible y atento a las vibraciones que despierta en tu cuerpo y en tu corazón. Trata de armonizarla con el ritmo de tu respiración. Cuando existan pensamientos que te atormentan, vuelve con paz a esta invocación, respira más profundo, mantente derecho e inmóvil y conocerás un principio de "hesychia", la paz infinita que da Dios a los que le aman. El "Kyrie eleison" le llegó a ser al cabo de unos días un poco más familiar. Le acompañaba como el zumbido que acompaña a la abeja cuando hace su miel. No lo repetía siempre con los labios. El murmullo era entonces más interior y su vibración más profunda:

 

El "Kyrie eleison" del cual había renunciado ya a "pensar" su significado, le conducía a veces en un silencio desconocido y se encontraba en la actitud del apóstol Tomás cuando descubrió a Cristo resucitado, "Kyrie eleison", " mi Señor y mi Dios".

 

La invocación le iba sumergiendo poco a poco en un clima de intenso respeto por todo lo que existe; y de adoración por quien permanece escondido en la raíz de toda existencia.

 

El padre Serafín le dijo: "Ahora no estás lejos de meditar como un hombre.

 

Debo enseñarte la meditación de Abrahám".

 

 

 

MEDITAR COMO EL OCÉANO

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El joven se acercó al mar. Había adquirido la manera adecuada de sentarse y una orientación derecha. Estaba en buena postura. ¿Qué le faltaba? ¿Qué podía enseñarle el entrechocar de las olas? El viento se levantó. El flujo y reflujo del mar se hicieron más profundos despertando en él el recuerdo del océano. El viejo monje le había aconsejado, en efecto, meditar como el océano y no como el mar. ¿Cómo había adivinado que nuestro joven había pasado largas horas al borde del Atlántico; durante la noche sobretodo, y ¡que conocía ya el arte de acordar su aliento a la gran respiración de las olas! Inspiro, expiro...; soy inspirado, soy expirado. Me dejo llevar por la respiración como se deja uno llevar por las olas... 

Así hacía la plancha,llevado por el ritmo de las respiraciones oceánicas. Esto le había conducido a veces al borde de extraños desvanecimientos. Pero la gota de agua que en otras ocasiones "desaparecía en el mar" guardaba hoy su forma, su consciencia. ¿Era el resultado de su postura? ¿de sus raíces en la tierra? Ya no era llevado por el ritmo profundo de su respiración. La gota de agua
guardaba su identidad y por lo tanto sabía "ser uno" con el océano. Es así como el joven aprendió que meditar es respirar profundo, dejar ser al flujo y reflujo del aliento. También aprendió que aún habiendo olas en la superficie, el fondo permanecía tranquilo. Los pensamientos van y vienen, nos llenan de espuma pero el fondo del ser queda inmóvil. Meditar a partir de las olas que nosotros somos para perder pie y colocar nuestras raíces en el fondo del océano; esto llegaba a ser cada día un poco más vivo en él y le
recordaba las palabras de un poeta que le habían marcado en su adolescencia:

"La Existencia es un mar lleno de olas. En este mar la gente ordinaria no percibe mas que las olas. Ven como de la profundidad del mar innumerables olas aparecen en la superficie, mientras que el mar queda escondido en sus olas". Hoy el mar le parecía "menos escondido en sus olas", la unidad de todas las cosas le parecía más evidente y eso no abolía lo pluralidad. Sentía menos necesidad de oponer el fondo y la forma, lo visible y lo invisible. Todo constituía el océano único de la vida. En el fondo de su aliento, ¿no estaba el aliento de Dios? "El que escucha atentamente su respiración, le dijo entonces el monje Serafín, no está lejos de Dios". "Escucha, quién está ahí, al final de tu expiración. Quién está ahí en el origen de tu inspiración". En efecto, había ahí algunos segundos de silencio entre el ir y venir de las olas, había allí "algo" que parecía llevar al océano...

 

MEDITAR COMO UNA AMAPOLA

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Así aprendió el joven a florecer...

La meditación es primero un sentarse y es esto lo que le había enseñado la montaña.

La meditación, es también "una orientación" y esto se lo iba a enseñar ahora la amapola: volverse hacia el sol, volverse desde lo más profundo de sí mismo hacia la luz.

Esta orientación hacia lo bello, hacia la luz le hacía algunas veces enrojecer como una amapola. Como si esta luz fuese esa de una mirada que le sonreía y esperara de él algún perfume...

También aprendió cerca de la amapola, que para permanecer en su orientación, la flor debe tener "el tallo derecho" y comenzó a enderezar su columna vertebral.

Esto le suponía algunas dificultades, porque había leído en algunos textos de la filocalia que el monje debía de estar ligeramente curvado. Incluso a veces con dolor. La mirada vuelta hacia el corazón y las entrañas.

 

Pidió explicación al padre Serafín. Los ojos del staretz le miraron con malicia: "Eso, era para los fortachones de antaño. Estaban llenos de energía y era necesario recordarles de vez en cuando la humildad de su condición humana, que se curvaran un poco durante el tiempo de la meditación, no les hacía daño...

Pero tú, tu tienes más bien necesidad de energía, por eso, en el momento de la meditación enderézate, sé vigilante, mantente derecho hacia la luz, pero sin orgullo...

Si observas bien una amapola, ella te enseñará no solamente la firmeza de su tallo, sino también una cierta flexibilidad bajo las inspiraciones del viento y una gran humildad..." En efecto, la enseñanza de la amapola estaba también en su fugacidad, su fragilidad. Era necesario aprender a florecer, pero también a marchitarse. La montaña le había dado el sentido de la Eternidad, la amapola le enseñaba la fragilidad del tiempo: meditar es conocer lo Eterno en la fugacidad del instante, un instante recto, bien orientado. Es florecer en el tiempo que nos es dado para florecer, amar en el tiempo que nos es dado para amar, gratuitamente, sin por qué... Aprendía así a meditar "sin intención ni provecho", por el único placer de ser, y de amar la luz. "El amor encuentra en sí mismo su recompensa" dice San Bernardo. "La rosa florece porque florece, sin preguntas" dice Silesius. "Es la montaña la que está floreciendo en la amapola, pensaba el joven. Es todo el universo el que medita en mí. Podría enrojecer de alegría el instante que dura mi vida... "

LA PAZ DEL CORAZÓN: MEDITAR COMO UNA MONTAÑA

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Así comenzaba para el joven filósofo una verdadera iniciación al método de oración "hesychaste". La primera indicación que se le había dado concernía a la estabilidad. En efecto, el primer consejo que se puede dar a aquel que quiere meditar no es del orden espiritual sino físico: ¡siéntate!

Sentarse como una montaña, quiere decir coger peso: ser pesado de presencia. Los primeros días, el joven tenía mucha dificultad para permanecer así inmóvil, las piernas entrecruzadas...

Una mañana llegó a sentir realmente lo que quería decir "meditar como una montaña". Se encontraba ahí con todo su peso, inmóvil.

Hacía uno con ella, silencioso bajo el sol. Su noción del tiempo había cambiado completamente. Las montañas tienen otro tiempo, otro ritmo. Sentarse como una montaña, es tener la eternidad delante de sí, es la actitud justa para el que quiere entrar en la meditación: saber que tiene la eternidad detrás, dentro y delante de sí. Antes de construir una iglesia es necesario ser piedra, y sobre esta piedra (esta solidez imperturbable de la roca) Dios podía ya construir su Iglesia y hacer del cuerpo del hombre su templo.

Pasó así varias semanas. Lo más duro era para él, dejar pasar las horas "sin hacer nada". Era necesario aprender a ser, simplemente a ser, sin objetivo ni motivo. Meditar como una montaña, era la meditación misma del Ser, "del simple hecho de Ser", ante todo pensamiento, placer y dolor.

El padre Serafín, le visitaba cada día, compartiendo con él algunos tomates y aceitunas. A pesar, de la dureza de este régimen, parecía que el joven había cogido peso. Su paso era más tranquilo. La montaña le había entrado en la piel. Sabía perder su tiempo, acoger las estaciones, permanecer silencioso y tranquilo, a veces, como una tierra dura y árida, otras como un flanco de colina que espera la siega.

Meditar como una montaña le había modificad también el ritmo de sus pensamientos. Había aprendido a "ver" sin juzgar, como dando a todo lo que crece sobre la montaña "el derecho a existir".

 

LA PAZ DEL CORAZÓN. INTRODUCCIÓN

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Kapspkalivià, Monte Athos, 24 de junio de 1.969. Sol pesado. Debe ser mediodía. Y el camino parece no acabar nunca de subir... a pesar del hambre y el cansancio continúo, además, ¿dónde podría sentarme? de un lado un acantilado peligroso, del otro el precipicio.

Kapsokalivià es uno de esos lugares abruptos y áridos del Monte Athos. Me habían dicho: "Por allí encontrarás ermitaños, la mayor parte están locos, mugrientos o embrutecidos, pero ¡vale la pena! "No había venido al Monte Athos como a un zoo para contemplar los últimos especímenes de una raza en vía de desaparición.

Sin embargo, una duda habitaba mi interior, en este momento, ¿qué hacía sobre este camino empedrado que parecía no llevarme a ninguna parte?... ¿Simple curiosidad? ¿Deseo de ver a Dios bien encarnado, en un hombre, más que en el papel de los libros?

Entonces veo una especie de cabaña con una pequeña terraza, un monje estaba allí, de pie, con un rosario de lana en la mano... Al acercarme, esperé en él un ligero movimiento, aunque sólo fuera de sorpresa... Pero no, el monje se contentó con sonreir, y simplemente puso un dedo delante de la boca haciéndome comprender que era necesario guardar silencio. Su mirada era extraña. No podía distinguir el color de sus ojos..., unos ojos sin fondo.

Empecé a sentirme mareado y entonces me hizo una señal para que me sentara; seguido y con paso rápido se dirigió hacia el camino dejándome sólo frente al mar, frente a mis pensamientos, perplejo. Después de hora y media, nervioso e inquieto ya de tanto esperar, le ví volver.

Traía en su mano un bote de conserva con agua... comprendí que había andado durante todo ese tiempo bajo un sol abrasador ¡sólo por apagar un poco mi sed! Cuando me ofreció en bote de conserva enmohecido, pude ver sus ojos, dos extraños abismos de agua y de luz. Amor no es la palabra más adecuada y sin embargo no encuentro otra. Comencé a beber y por un instante creí que ya nunca podría volver a tener sed. El acto más pequeño de amor puro parece ser que es más grande que la mayor de las catedrales...

Ese día entré en el cristianismo por la puerta grande: ¡un bote de conserva enmohecido!¡lo infinito de un gesto cotidiano!... Un día, nuestro joven filósofo le pidió al Padre Serafín que le hablara de la oración del corazón, de la oración pura... el padre Serafín comenzó a bostezar.

Esto no desanimó al joven. Insistió... y obtuvo una respuesta: "Antes de hablar de la oración del corazón, aprende a meditar como una montaña..." y le mostró una roca enorme. "Pregúntale cómo hace ella para rezar. Después ven a verme."...