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Peregrinas con María Rivier

 

Sentido de la peregrinación

Una peregrinación nos remite a nuestras raíces judías. Hebreo significa transeúnte, emigrante. Como Abraham, el primero de los peregrinos, dejamos nuestra casa por un destino desconocido, pero prometido. Vete al país que yo te mostraré. Desde nuestro nacimiento estamos en camino. Somos peregrinos en este mundo. Tomar el camino, hacerse peregrino, es separarse, dejar algo con el deseo de encontrar la Tierra Prometida. Si abandonamos es porque sabemos que vivimos en una tierra extranjera, que nuestra verdadera patria está en otro lugar.

Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor.

La peregrinación es una experiencia espiritual. Vivimos, con todo nuestro ser, lo que somos. Ir en peregrinación, es ir buscando y encontrando a Cristo, llevando a veces su cruz, para llegar con Él a todos los lugares.

¿Cómo vivir esta peregrinación?

El peregrino no es un turista. Ve más allá de lo que le muestran los ojos. Ve la presencia de Dios, el amor de Dios.

Al marchar, el peregrino hace un gesto que indica que algo le falta. Decide dejar todo para encontrar lo único necesario, para ir al encuentro de Aquél que le espera.

¿Por qué salir? ¿No está Dios presente por doquier? Hay lugares en los que Dios se hace cercano, lugares santos que entregan un mensaje. Incesantemente a lo largo de los siglos, aparecen otros lugares, con motivo de un acontecimiento, de un santo o de una santa. Estos encuentros perpetúan su memoria y celebran estos signos venidos de lo alto. Al iniciar un camino hacia la tierra de María Rivier, vamos preparando nuestro corazón para encontrarnos con una historia sagrada, alimentamos nuestra fe y encontramos fuerzas nuevas para continuar el camino, con más ilusión, con más fuerza, con más sentido… ¡más acompañados!...

Este acto es un compromiso de todo nuestro ser. Dejamos nuestras costumbres para ir a una cita, allí donde el Señor nos espera. Dejamos de lado lo secundario y damos a entender con ello que sólo Dios basta. Le buscamos sólo a Él como a nuestro único tesoro.

Ir en peregrinación, es romper con una mentalidad de una persona sedentaria, para caminar libremente, libre para Dios.

La peregrinación es un tiempo de conversión. Ir en busca de Dios es querer hacerse disponible para dejarse encontrar por Él. El peregrino se desprende de lo que le estorba, se ofrece en su pobreza.

El peregrino está habitado interiormente por el encuentro de Aquel que le espera y con el que conversa por el camino... como los peregrinos de Emaús. Si el corazón arde con esa presencia, todo lo demás es secundario.

Así es como el peregrino mira y admira, pero ve más allá de las cosas. Acoge el mensaje que el Señor le dirige en esos lugares.

La peregrinación es un tiempo de oración: alabanza, admiración por lo que vemos, oímos, y todo eso nos lleva a la adoración del Dios vivo. Es decir, la peregrinación requiere interioridad y silencio para gustar, contemplar, orar, adorar y acoger.

La peregrinación, al igual que la vida, es una escuela de amor y caridad universal. Caminar juntos hacia una misma meta, al encuentro de la misma persona que nos espera, consolida los lazos fraternos mediante actos sencillos y concretos como compartir, ayudar, esperar, caminar al paso del otro.

La peregrinación es un tiempo de renovación en la esperanza; es señal de la búsqueda incansable de Dios a pesar de las dificultades del camino. Alguien nos espera al final del camino. Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.

Nuestra peregrinación del 2009 siguiendo las huellas de María Rivier es una invitación a avivar la intensidad de nuestro deseo de Dios y nuestro deseo de dar un sentido profundo a nuestra vida. Vamos a encontrarnos con jóvenes de distintas partes del mundo: distintos idiomas, distintas costumbres… muchos kilómetros a en nuestros pies… pero también mucho ¡FUEGO en nuestro corazón! y ¡muchas ganas de vivir!... Vamos a compartir experiencias fuertes de encuentro, de interioridad… Es la gran familia de la Presentación de María, es el Reino que está ya aquí, pero todavía no. Hemos de mantener nuestro ser de peregrinos con la certeza de que Cristo resucitado acompaña nuestros pasos… ¡FELIZ CAMINO A TI PEREGRINA!

 

 

ORACIÓN EN EL INICIO DEL CAMINO CON MARÍA RIVIER

Al comenzar este Camino hacia tu casa, me dirijo a ti, María Rivier, apóstol del Señor Jesús, para pedirte tu protección y ayuda. Tú escuchaste la llamada de Jesús y le seguiste sin condiciones, le reconociste en cada rostro y especialmente en el de los más pequeños y pobres, seguiste su Palabra e hiciste de sus enseñanzas el camino de tu vida. Ayúdanos en el Camino que emprendemos, como lo llevas haciendo muchos años a miles de peregrinos como nosotros, muéstranos a Jesús y haznos comprender el mensaje de felicidad que de él has recibido. Protégenos de todo peligro y haz que lleguemos con alegría ante ti, que hagamos con sinceridad la profesión de nuestra fe y nos fundamos contigo en un cariñoso abrazo. Ayúdanos, María Rivier, a que el fin del Camino sea para nosotras el comienzo de una nueva Vida. Amén.